The Volcanoes of Cuernavaca

Recently I finished reading "Los Volcanes de Cuernavaca" by Lya Gutiérrez Quintanilla published in 2007. Our friend Padre Miguel Ruiz gave the book to Elizabeth and me when we visited him in Mexico City in 2009.

The author interviewed 30 friends of bishop Sergio Méndez Arceo, abbot Gregoire Lemercier and Monsignor Ivan Illich. These three -- Méndez Arceo, Lemercier and Illich -- were dominant personalities in Cuernavaca, Mexico when LAsems alumni John McFadden, Bob Delaney, Don Reiman and I lived and worked there in the mid-1960s.

Among the interviews presented in the book, first I read those of Baltasar López, Rafael Figueroa and Rogelio Orozco. I've known these three priests since the years 1957-1959. They were friends of mine when I worked for Father Bill Wasson and at Santa Catalina parish in Cuernavaca in the years 1965-1967. The other interviews, especially those with Benedictine monk Gabriel Chávez, bishop Samuel Ruiz and religious sister Leticia Rentería are pleasant and revealing.

Some pages in the book have words that are very impressive and memorable.

Bishop Samuel Ruiz:

Conocí a Sergio Méndez Arceo cuando estuve en el Episcopado. Una de sus virtudes era la de estar presente donde hacía falta que la Iglesia lo estuviera, siempre flanqueando en los límites de lo cristiano; siempre al filo de la navaja y si jamás rebasó el borde fue por su fidelidad a la Iglesia. Más que convivencia física, --me separaban de don Sergio, el entonces Obispo de la Diócesis de Cuernavaca, más de mil kilómetros-- manteníamos comunicación. Y es que don Sergio tenía una sensibilidad especial; siempre que había un problema en Chiapas, me llamaba por teléfono o hacía acto de presencia.

Fray Gabriel Chávez:

¡Qué habrá pensado don Sergio, al salir por última vez de la Catedral de Cuernavaca, en medio de grupos de teólogos y de turistas europeos, japoneses o norteamericanos, para los que el templo es visita obligatoria? El obispo era protagonista central de un jirón importante de la historia de la Iglesia en Morelos y en América Latina cuando enfrentó la incomprensión y la oposición general por las obras, mismas que hoy son orgullo de Morelos. Después de toda la fama alcanzada por su compromiso y solidaridad con los pobres y oprimidos, al salir rumbo a la leyenda, lo hizo cargando solo una maleta y a su gato nombrado Tres Marías, al que le decía "Micho".

Gabriel Muñoz:

Ese mismo día nos avisaron que teníamos una visita que era don Sergio que nos dijo:

-- 'Sé que aquí hay entre ustedes uno que llaman el Cobijero que cuentan que es asesorado por Rusia y Cuba para desestabilizar la planta productiva de Morelos'.

Yo que aún desconfiaba de él, di un paso al frente, y le respondí: su Señoría, yo soy al que busca -- y con una sorna añadí --; no sé donde están esas colonias de Cuba y Rusia. Lo que pasa -- agregué ya en serio --, es que nosotros estamos aconsejados por el hambre de justicia.

Acto seguido le platicamos todos los problemas que vivíamos en la fabrica. Una hora nos escuchó, de vez en cuando nos tiraba unas preguntas suspicaces como para ver si hablábamos con la verdad o le mentíamos. Después de todo lo que narrábamos y sabiendo que don Sergio era amigo no sólo de Dubernard, sino de otros impresarios, algunos banqueros y representantes gubermentales, lo increpé:

Pero usted no se da cuenta de todo esto porque es usted gran amigo de quienes tienen el poder económico. Ojalá se baje tantito y, como hizo Cristo, conviva con los pobres, con los marginados. Coma usted el pan duro remojado con lágrimas y sudor, aunque de antemano sé que eso usted no lo va a hacer porque sería abaratarse. Regrésese con los ricos, a donde usted pertenece.

El se quedó inmóvil. Con su figura imponente. Yo esperaba que de un momento a otro don Sergio se fuera de mal modo, pero no. Se quedó un momento en silencio y de pronto nos dijo:

-- 'Dispénsenme que yo haya dudado de ustedes, pero mi jerarquía me exige que tenga yo que estar con la verdad. Había oído hablar de esos sinsabores de los pobres pero nunca me había encontrado con alguien que me los mencionara de esta manera y menos que me hablaran frente a frente y me dijera mis errores. Aquí está mi mano de amigo. Les prometo que voy a levantar mi voz para denunciar todas esas injusticias, no me importa a que precio'.

Todavía al salir, se volteó y mencionó: 'El día que me invites a tu casa a comer pan duro, acepto'.

Graciela Rumayor, widow of Gregoire Lemercier:

Sus grandes amigos además de Henri Fesquet, amigo de la infancia Ramis Barqhet; el intelectual Gaspar Elizondo, el periodista Koos Koster al que mataron en una emboscada años después en El Salvador y don Sergio e Iván Illich de los que nunca dejó de ser amigo, entre no muchos otros, ya que era muy reducido su núcleo de amistades. Se llevaba tan bien con estos últimos dos personajes, que había ocasiones que el entonces obispo llamaba por teléfono para avisar que venía a casa y me decía:

-- Ténganme un pedazo de queso, del que me gusta, yo llevo un vino.

Por cierto, la última vez que se reunieron don Sergio, Illich y Lemercier, fue en la casa, aquí en Ahuacatitlán, fue como una cálida despedida, pasaron largas horas recordando anécdotas. Poco después supimos que mi marido tenía un cáncer avanzado."

Poco antes de morir, cuando le diagnosticaron su enfermedad, llamó a don Sergio al que le dijo que quería entregarle un documento.

Era un testamento espiritual muy hermoso donde Lemercier hablaba de una Iglesia más ecuménica que no se circunscribiera sólo a los católicos. Por cierto, en ese testamento espiritual que dejó Lemercier, hay una frase muy inquietante para muchos católicos porque no entendieron que iba dirigida a la Iglesia que lo apartó de su monasterio: 'Yo te perdono Senor'.

Jean Robert:

Entra a las oficinas del Santo Oficio, se anuncia y obedece las instrucciones de un ujier que lo hace descender por una especie de escalera de caracol a una cámara subterránea, al fondo de la cual se encuentra una sala con una gran mesa en la que lo esperaba un funcionario vaticano. Este le proporciona un cuestionario con al menos ochenta preguntas, con diálogos secos, tales como:

-- Yo soy Illich.

Ya lo se.

-- Monsenor, ¡quien es usted?

Tu juez.

Luego de persinarse ambos inicia el proceso con preguntas como:

-- ¡Qué puede contestar a quien lo presenta como una persona inquieta, aventurera, imprudente, fanática e hipnotizadora, rebelde a toda autoridad y dispuesto a aceptar y reconocer únicamente la del obispo diocesano de Cuernavaca?

¡Por qué considera que la jerarquía de la iglesia latinoamericana está al servicio de Estados Unidos?

¡Por qué, cómo y cuándo empezaron sus relaciones de cultura y amistad con conocidos jefes y dirigentes de movimientos políticos internacionales, especialmente con Luiz Alberto Gomez de Souza y con el difunto Che Guevara?

¡De qué naturaleza religiosa, política y social fueron, y tal vez son todavía, sus relaciones particulares con los siguientes personajes mexicanos: Alfredo Cepeda, Horacio Flores de la Peña, Victor Flores Olea, Carlos Fuentes, Pablo González Casanova, Vicente Lombardo Toledano, Mario Menéndez Rodríguez, Octavio Paz y Luis Suárez?

Fueron 85 preguntas, por lo que Illich abrumado, contesto:

-- Yo puedo responder lo que se refiera a mi, pero no puedo contestar preguntas sobre otros personajes.

El juez replica: "Bueno si usted no contesta, atengase a las 'consecuencias'."

Illich contesta afirmativamente, sale del Vaticano y ese día, ahi mismo en Roma, convoca a una rueda de prensa donde narra los hechos y fija su posición. Noticia que se difunde en casi todos los paises. En el New York Times, reproducen, unos días después, el listado de preguntas.

Illich recordaría que un día después del interrogatorio, regresa al Vaticano y le entrega una carta al cardenal Franjo Seper, de origen croata, en donde Illich decía no estar de acuerdo en acusar a amigos, compañeros y directamente al Obispo de la Diócesis de Cuernavaca "en la cual vivo y trabajo". Seper, quien durante el interrogatorio le había concedido el llevarse el interrogatorio, estudiarlo y responderlo sin pensar que Illich lo daría a conocer publicamente, interrumpe su conversación y lo interpela acremente en idioma croata: íVete, vete y no regreses más!

Es sólo en la escalera que Illich se da cuenta que Seper lo había despedido con las últimas palabras de una obra de Dostoyevski, en donde el Gran Inquisidor le dice así al prisionero.