Migrantes: los otros mexicanos
JOSÉ ÁNGEL BRAMBILA LEAL
El Diario de Colima, 24 de mayo de 2010

Ya me habían dicho que así eran estas andanzas y yo no tenía ninguna duda de ello; pero ver a mi Paulita y a Josito tan debiluchos, enfermizos, mugrositos y con los mismos trapos de siempre, me animó a correr la aventura que hoy me tiene en esta celda, sin saber si me van a dejar aquí en el Norte o me van a devolver a mi país; pero es que, estaba ya tan madreado después de casi 60 días para llegar desde mi Chiapas querido, hasta aquí con los gringos, que ya no me importaba lo que me hicieran. Salí de mi casa al romper el día, porque no hubiera aguantado ver las caras de mis hijos cuando me despidiera. Sólo le di un beso a mi Catita, tan avejentada a sus 28 años, y aún siento la humedad de sus lágrimas y guardo sus queditas y amorosas palabras: "Que Dios te bendiga, Juanjo."

Con la oscuridad encima, caminé día y noche hasta llegar a un lugar que le decían Las Casitas, todavía en la montaña de Chiapas, donde trabajé como cinco días para poder comer; luego me fui a otro pueblo cerca de Oaxaca, donde estuve de jornal otra semana; entonces, una noche monté el tren, sangrándome y descomponiéndome el hombro al subirme; pero aún así viajé escondido hasta como a las 9 de la mañana, cuando oí que golpeaban a otros que también iban tapados, por lo que, cansadísimo y con un intenso dolor en mi hombro, me bajé y corrí hacia el cerro, por donde vagué día y noche, casi muriéndome de hambre, de sed y de frío, hasta que volví a salir cerca de la vía; pero el tren pasaba rapidísimo, por lo que era imposible subírmele, y menos, con los golpes que traía y lo débil que estaba. Lo que sí pude hacer, fue comer mucho del maíz que estaba tirado en las vías, hasta que llegué a otro pueblito que se llama La Concha, donde trabajé muchos días más, hasta que me sentí mejor y volví a montármele al tren, y así viajamos día y noche con otros dos vales de ese pueblo.

No les cuento lo de los bandidos que me fregaron porque me vuelve a doler el alma; pero, igual que hacen con muchos, a mí también me encerraron como un mes, a puro pan, agua y jugo de galón, en un cuarto frío, lleno de ratas y cucarachas, golpeándome y amenazándome con sus rifles y pistolas, esperando que mi familia les pagara algún dinero por mí; hasta que un día, el que cuidaba se quedó bien borracho y se durmió; entonces aproveché y le pegué con una piedra en la cabeza y me escapé; sin huaraches, sin camisa y sin saber si el vale ese vive o muere, pero sí sé que si no le hubiera pegado con la piedra, yo ya estuviera muerto.

¿Que cómo llegué a esta celda? Es que un señor se compadeció cuando me vio caminando con mis pies casi quebrados, y él y otros amigos suyos me dieron aventón hasta Valle Hermoso, Tamaulipas, y luego, ya solo, seguí hacia Reynosa; después, cuando crucé el puente, ya estaba aquí en el Norte, me metí al cerro y la migra no me detenía, pero yo estaba más muerto que vivo y con mucho miedo de que me dispararan, así es que en la noche me acerqué hasta una patrulla que estaba en una brecha y le dije al oficial lo que me pasaba y le pedí que me ayudara o que me devolvieran a mi patria. Ahora me piden 600 dólares de fianza, pero ya les dije que no tengo nada, y aquí estoy, esperando que Dios decida mi suerte.

¿Le suena común esta odisea? Difícilmente podemos encontrar un mexicano que no tenga un familiar en los Estados Unidos. La historia de Juanjo puede ser la crónica de un episodio similar, vivido por un tío, primo o hermano de cualquiera de nosotros. Miles de historias semejantes han vivido los migrantes mexicanos que arriesgan su vida para vivir el sueño americano y, a diferencia de Juanjo, que la está narrando, otros miles se quedaron en el intento y no vivieron para contarla. Hoy, Arizona arroja a nuestros ojos el polvo del desierto, y Jean Brewer, gobernadora de ese estado, regresa la rueda de la historia hasta 1892, cuando los 5 ó 6 mil inmigrantes europeos que llegaban diariamente por Ellis Island, también llamada "La Isla de las Lágrimas," en Nueva York, eran inspeccionados allí, legal y médicamente, para saber si eran o no portadores de enfermedades o de ideologías altamente contaminantes, para luego ser vacunados y desinfectados por fatigados funcionarios, que con 29 preguntas los bautizaban como americanos.

118 años después, esas mismas preguntas serán desempolvadas en el estado de Arizona, a partir del 20 de julio próximo, cuando, al entrar en vigor la Ley SB 1070, por el simple hecho de portar cara no grata para cualquier policía de ese estado, nuestro paisano deberá responder formularios migratorios que parecieran acuñados en 1892: "¿Cómo se llama, de dónde viene, qué hace en E.U.? ¿Cuánto dinero tiene? ¡Muéstremelo! ¿Oficio, religión, ideología? ¿Quién pagó su viaje? ¡Deme nombre y teléfono de las personas con quienes se hospeda aquí en Arizona!" Y así, hasta completar 29 preguntas de hace 118 años o las 41 que hoy en día humillantemente les formulan a los detenidos.

Sólo polvo debe quedar de aquellos hombres que en 1776 empeñaron sus vidas, sus fortunas y su sagrado honor para declarar la independencia de los Estados Unidos, cuando escribieron: "Todos los hombres fueron creados iguales y fueron dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables, entre los que están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad."

A partir del 20 de julio, Arizona repetirá el esquema de Ellis Island en 1892, con la diferencia que hoy, a los mexicanos no será para darles patria, sino para expulsarlos, como si fuesen delincuentes. ¿Conocerá Jean Brewer, su gobernadora, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América? ¿Sabrá que Arizona, el estado que hoy gobierna, primero fue nuestro?