La vida de mi madre como ella la escribió
1965


        
Transcriptora de esta obra:



Isabel Gutiérrez
Hija de la autora

A los 15 años, me fui de mi pueblo [Manilva, España] para irme de criada a una casa en Gibraltar para lavar, fregar y barrer, porque otra cosa no sabía hacer.

Yo tenía un novio zapatero que era primo hermano de mi madre y se llamaba Miguel, y nos queríamos tanto como Dios manda que nos debemos querer.

Pero éramos muy joven, no teníamos la edad y por esa razón no nos podíamos casar.

Mi madre nos dijo, "Todavía sois muy joven, debéis de esperar siquiera un par de añitos más, y para ese tiempo Elena andará en los 18 años y tú en los 21, muy buena edad para que formen vuestro hogar."

Mi madre siempre decía que no quería ver a sus hijas sirviendo, pero sí nos quería ver sufriendo.

Pero yo, no le hice caso ni le dije nada, porque Miguel sabía lo mucho que yo sufría, tanto que ya no podía sufrir más.

Yo le dije a Miguel, "Mira, tú te quedas aquí trabajando en la zapatería, y yo me voy a pasar los carnavales en casa de mis tías a La Línea."

Dije así porque yo no quería que mi madre supiera que me iba a servir, y al mismo tíempo esperar que tengamos nuestra edad.

Miguel era gracioso y me dijo "Bueno, esperaremos. ¿Qué vamos a hacer? Mientras, mi Elena se irá haciendo una mujer, porque todavía está a medio crío."

Yo me reía, porque a él le gustaba jugar commigo así. Y me dijo, "Chiquilla, pero cómo me voy a apenar sin tí, si tú eres lo que me da el aliento para poder vivir." Yo le conformaba, y le decía que pronto volvería.

El se quedó en el pueblo trabajando la zapatería, porque su maestro cómo lo quería.

Yo me fui a La Línea en casa de mis tías, y ya que estaba allí me busqué una casa y me puse a servir.

Y bendita en la hora que me fui, porque hasta entonces no supe lo que era poder vivir.

El trabajo no me dolía porque estaba a gusto y más, no sufría.

Cuando mi madre se enteró que me fui a servir, dice que lloró y dijo que iba venir por mí.

Me pasaba toda la semana trabajando y el domingo salía, y me iba a la huerta del almidón [¿algodón?], porque las hermanas de mi padre allí vivían.

Al mismo tiempo esperando el día que tanto deseaba el alma mía. ¿Quién me iba decir que ese día nunca llegaría para mí?

Cuando cumplí los 17 años me dio mucha alegría, porque pronto me iba a unir al hombre que yo más quería.

Y así iba pasando el tiempo, y la esperanza me mantenía.

Qué mala suerte me tocó porque vino la muerte [meningitis] y me lo quitó. Ay qué pena, Madre Mía, tanto como yo lo quería.

Qué dolor, cómo me rompió mi corazón. Cuando cumplí los 18 años no quise volver, por no encontrarme sin mi Miguel.

Pero como el tiempo todo lo va curando, también mi corazón se iba conformando.

Y un día sin saber, volví a mi pueblo otra vez.

                 

Ya que estaba allí me encontré con mi Andrés [Cueba] y nos hicimos novios, pero a las escondidas porque mi padre no lo quería.

Pero sin más razón porque era un humilde pescador. Se ganaba la vida trabajando en el mar honradamente. Y como él, se la ganaba mucha gente.

Cuando se enteró que nos íbamos a Hawaii, él de seguida fue y se apuntó, para ir en el mismo barco donde iba yo.

Andrés con todos los mozos se tuvieron que meter en Gibraltar, huyendo [de la conscripció militar] del gobierno español, los fuera a agarrar.

Nosotros nos fuimos en casa de mis tías, a esperar mientras que el barco venía. Algunas veces íbamos al Coralón y todos juntos teníamos reunión.

Esos días la pasaba yo muy a gusto, porque Andrés y yo la pasábamos juntos.

En el año 1911 embarcamos para Hawaii. Y cuando entramos en el barco [Willesden], ya estaba infestado del sarampión, porque los Portugueses llevaban 10 días de embarcación.

Pero como no pusieron bandera de epidemia, eso no, porque así nadie se enteraba y todos entramos sin saber nada.

Un día a las tres de la tarde llegamos a Punta Arenas [Chile], y le pusieron al barco banderas de cuarentena. Y como traía enfermedad, nadie se pudo acercar.

El barco estaba rodeado de barquillas que querían llegar, pero no se pudieron arrimar.

Desde lejos nos daban voces. Nos decían lo que les parecía, y cuanta tontería.

        

Cuando nos levantamos al otro día, Punta Arenas ya no se veía. Así que nos quedamos viendo cielo y agua por otros 53 días.

Por fin, llegamos a Honolulu. Y nos quedamos admirados de ver toda aquella gente con los ojos atravesados.

Y como el barco traía el sarampión y las viruelas, nos pasaron por la draya [dryer] lo mismo que la ciruela.

Nos quitaron toda la ropa sin pena ni compasión. Nos encerraron en un salón, y nos dieron una fumigación.

Todas estábamos gritando, porque no sabíamos lo que estaba pasando.

Qué calamidad, y nos estaban haciendo un bien. Y nos creímos que nos estaban haciendo un mal.

Los hombres querían romper las puertas, y tuvieron que llamar un interprete para ver si podían calmar a la gente.

Les decían, "Muchachos, no se alboroten que no pasa nada. Era un cable de la luz que se quemó, pero ya lo arreglaron y todo pasó. Váyanse a sus camarotes a descansar. Y no piensen nada malo, porque nada va a pasar."

Nos dieron un baño, que buena falta nos hacía. Y allí se quedó toda la miseria que en el barco había.

Para alivio de nuestras penas nos llevaron a un lazareto a cumplir la cuarentena.

Y allí nos tiramos un mes. Y bendita en la hora porque estuvimos muy bien, no navegábamos y daban muy bien de comer.

Allí en el lazareto, nos repusimos del mal cuido que en el barco tuvimos. Qué bien y qué a gusto, porque Andrés y yo todo el día la pasábamos juntos.

Cuando cumplimos la cuarentena, nos llevaron a la casa de imigración. Y allí también estuvimos muy bien y por justa razón.

Todos los días sacaban familias para las plantaciones, y como era natural a nosotros nos llegó el día.

Nos llevaron en un troque, como una carga de sandía.

Llegamos a la plantación como a las cuatro. Y nos recibieron muy bien, con una buena comida, pues ya teníamos ganas de comer.

De seguida nos llevaron para que viéramos las casas que tenían vacías, y cada quien cogía la que le convenía.

Al otro día nos llevaron a una oficina, y nos tomaron el nombre y la edad.

Y nos dieron una lima nueva y un asa, porque allí no valía maña. Todos tuvimos que ir a trabajar a la caña.

Se me pusieron las manos que era una calamidad.

Cosa que yo nunca hice, ni estaba acostumbra'.

Cuando Andrés vino a verme y me veía las manos, me dijo, "Eso es natural. Pero en cuanto nos casemos no trabajarás más."

Y fue así. Nunca más fui, y el doce de mayo en el año doce, nos echaron la bendición y nos casamos.

Al año tuvimos el primer niño Pedro, que era nuestra alegría. Ay por Dios, cómo lo queríamos los dos.

Pero la mala suerte se acordó de mí, que cuando mi niño cumplió los dies meses vino la muerte y me lo quitó.

¡Ay qué pena y qué dolor sufrió nuestro corazón!

Porque lo mismo lo quería él que yo, a mi Pedrito.

Al otro año tuvimos otro niño, y se llamó Mateo.

Me parece que nos trajo consolación. Pero mira que segundo por Dios, que vino la muerte, apenas cumplió los diez meses y me lo quitó.

¡Ay Dios Mío, qué sufrimiento más grande y qué dolor pasamos los dos!

¡Qué desconsuelo sentía en mi corazón!

Al otro año [en Kauai] tuvimos otro niño, y se llamó Andrés. Y parece que ese niño cerró las puertas del mal, porque desde entonces parece que la muerte me dejó en paz.

Cuatro años vivimos allí. Y a los cuatro años nos vinimos a California y allí me dejé a mis dos niños. Qué Dios los tenga en su Santa Gloria.

Cuando mi niño Mateo se me enfermó, mi padre estaba enfermo también. Lo vio el doctor pero se pasaban los días y mi padre seguía enfermo.

No tenía ninguna mejoría y un día le dijo el doctor, "Mejor que te vayas a California, porque tiene el mismo clima de Andalucía y verás como te pones bien en seguida."

Pues es lo que hicieron, y prepararon el viaje y se fueron para California. Y al no ser así mi pobre padre se hubiera muerto allí.

Qué pena, se fueron toda mi gente y me dejaron sola con mi mala suerte.

Porque mi niño estaba luchando con vida y muerte.

Cómo estaría que se me murió a los tres días.

La primera carta de ellos la tuve al mes, y me decían que mi padre seguía muy bien.

Decían que lo llevaron a un doctor y le mandó con una medicina, y el hombre acertó.

La muerte de mi niño no les extrañó, porque ellos sabían cómo me lo dejaron.

Mi familia se fueron en febrero, y al otro año en el mismo mes nos fuimos nosotros también.

Tenía mi niño Andresito unos diez meses, cuando en el año 1916 embarcamos en Honolulu en el Matsonia. Qué barco, parecía la Gloria.

Cuando embarcamos en Honolulu en el Matsonia, el barco salía a las diez en punto.

Pues nos fuimos para embarcar al muelle, y por poco nos quedamos.

Yo y Antonia íbamos adelante con mi niño, y Andrés y Juan se quedaron atrás.

Y nosotros sin saber que había pasado, la escalera de segunda ya la habían quitado.

Y tuvimos que subir por la de primera, que ya estaba casi colgando, porque ya también la estaban quitando.

¡Ay, Madre Mía, y ellos que no venían!

"Dios Mío, pero esos hombres ¿adónde se habrán metido? Y ay qué extravío. ¿Qué harían si nos fuéramos sin nuestros maridos."

Nosotros ya estábamos llorando, y le decíamos que no, que eso no podía ser.

Que nos bajaran a nosotros también, y nos decían que no, que cuando llegáramos a San Francisco nos metían a la casa de imigración.

Y nosotros les decíamos que esperaran un poco, que ellos iban a venir, y ellos decían que no, que el barco tenía que salir cumpliéndose el tiempo.

De pronto los vimos que venían, y nosotros desde el barco les decíamos "Echa una carrera que estan quitando las escaleras."

Por fin, van llegando. Tuvieron que subir con la escalera casi colgando.

Después que nos dieron un mal rato, nos dijeron que fueron a limpiarse los zapatos.

¡Mira qué casualidad, y por poco nos quedamos sin el barco!

Ya que pasó así, tuvimos un viaje muy feliz y a los siete días ya estábamos allí.

Llegamos en siete días. Qué buenas camas y qué buenas comidas.

Llegamos al muelle de San Francisco, y ya contamos lo que pasamos.

Llegamos a San Francisco, qué calamidad. Todos los pobres estaban comiendo de la caridad. Nosotros fuimos en el mes de marzo, con un frío que hacía allí que nos quitaba las ganas de vivir.

Todos los españoles nos decían, "Pueden quedarse, hacer lo que quieran, pero ya saben lo que os espera."

Y cuando llegamos al muelle de San Francisco, desde arriba estaba mirando y nadie nos estaba esperando.

Ay qué agonía Dios Mío, y por poco nos moríamos de frío.

Mi Andrés me dio su chaqueta y al niño lo tenía arropado con una manta que yo había sacado.

Yo estaba llorando, porque no sabía lo que estaba pasando.

Bajó un muchacho mexicano y como nos conocía en seguida se acercó y nos dijo "¿Qué hacen aquí?" Y yo le digo que nadie nos vino a recibir.

Y el dijo lo que pasaría. "¿Tu familia no sabía que el barco llegaba este día?"

"Sí, como no lo saben, lo mismo que yo."

"Pues no se apuren, mira la hora que es, mediodía y estáis sin comer. Venirse conmigo que yo os voy a llevar a un buen hotel para que descansen. Y como el muelle les queda enfrente, Andrés puede dar vueltas para encontrar a tu gente."

Y así fue que nos venimos a encontrar.

Qué contento nos pusimos de habernos encontrado.

Porque para mí el mundo se me había cerrado.



[En este mapa se ven las ciudades de San Francisco, Oakland, Hayward,
Mountain View, San José, Gilroy y Monterey. En el año 1916,
todas estas ciudades -- menos San Francisco -- eran pueblecitos.]

Nosotros nos fuimos a Hegüe [Hayward], y el primer trabajo que hicimos fue coger chícharos.

Nos dieron un casarón y con toda comodidad, un grifo en la calle y un cuartito, también en la calle, de tabla y no podíamos pedir más.

No se ganaba mucho, pero la comida estaba muy barata. Y la carne, no digo na'.

Mi madre, que era muy apañá', nos hacía morcilla y chorizo. Y llevábamos muy buenos lonches para comer.

Y con tantos chícharos que había, hacíamos unas tortas con huevos tan buenas para el mediodía.

Y así nos pasamos tres meses muy contentos y muy feliz.

Mi Andresito cumplió un año, y ya iba aprendiendo como se lucha en la vida para seguir viviendo.

Era tan bueno y tan noble que mi familia decía, "Este niño es nuestra alegría."

Le pusimos de nombre "El Rey," en particular mi hermana María que tanto lo quería.

Lo llamaba, "Ay mi rey ven acá." y él acudía como si fuera su nombre de verdad.

En el chícharo todos los trabajadores le llamaban el rey.

Pero él era un rey muy inteligente. No se metía nada más que en los surcos que estaban sus gentes.

Pero el surco donde yo estaba, ese no se le olvidaba.

Cuando tenía hambre, venía y no me decía na'.

Metía la cabeza por debajo de mi brazo y me levantaba el gabán y me cogia el pecho y se ponía a mamar. Y yo, para que estuviera a gusto, me tenía que sentar.

Y cuando ya no quería más, se iba otra vez tan contento, por allá, a la vera de mi hermana Ana que era su niñera.

Y así pasábamos el tiempo, tan feliz y tan contentos.

Mi padre compró un carro, y una calesa de dos asientos muy bonita.

La usábamos cuando íbamos de paseo o de visita, y para trabajar íbamos en carro para más comodidad.

Ibamos a Oclan [Oakland] a la carnicería. Salíamos de Hegüe por la mañana y llegábamos a mediodía.

Qué viaje tan bonito. El caballo iba al paso que quería.

Y nosotros en la calesa mirándolo todo muy destraídas.

Cuando volvíamos a la casa, era de anochecer.

Y veníamos cargados de todo para comer.

En cuanto llegó el verano, nos mandaron salir al campo para las piscas de la fruta y de las verduras.

Nos fuimos en el mes de abril con toda la familia.

Apenas ganábamos para poder vivir. Y cuando todo se acababa allí, pasábamos el invierno sin trabajo, y comíamos de la caridad.

Y así de esa manera vivíamos allí. Y nos decían que si nos parecía que no estaba bien, que nos apuntáramos y nos llevaban a España otra vez.

Y eso no era a los españoles nada más. Se lo decían a cualquiera nacionalidad.

Y los pobres, ¿qué podíamos hacer? Sufrir, callar y comer.

Ay Dios Mío, como nos pesó habernos venido, pero así es la humanidad.

Cuando estamos bien buscamos ponernos mal. Pero ya qué estamos aquí, ¿qué podíamos hacer? Pedirle a Dios que no nos abandonara, y luchar con él.

A los seis meses nos fuimos de Hegüe para Gilroy y allí nació mi María [1917], y como era la primer niña era nuestra alegría.

Echamos dos días en el viaje, y poco más allá de San José quisimos hacer noche enfrente de una lechería.

Mi padre bajó los colchones, y los puso en el suelo allí donde pensábamos dormir.

Y ya que estábamos acomodados, vino el amo de la lechería a decir que nos teníamos que ir de allí.

Mis hermanas le rogaron que nos dejara dormir allí, que por la mañana temprano íbamos a salir.

El tío no nos quería ni escuchar. Dijo que nos teníamos que ir, porque era su propiedad.

Y ¿qué podíamos hacer? Tuvimos que cargar el carro otra vez, y buscar otro sitio para descansar.

Y un poco más allá en la culeta del camino pusimos el carro, y bajamos los colchones y allí dormimos.

Y a la otra mañana emprendimos el viaje otra vez, y llegamos a Gilroy al anochecer.

Y mi Andrés nos estaba esperando allí, y me dijo que unas españolas se lo llevaron a su casa a dormir.

Y así fue, pero gracias a Dios la pasamos muy bien, que toda mi vida me acordaré.

Mi gente se fueron a trabajar a las canerías [canneries], y mi Andrés cogió trabajo en una lechería y ganaba un peso y la comida por día.

La renta era diez pesos al mes, y era una casa con seis cuartos.

Yo pagaba cinco pesos, y mi madre otros cinco.

La casa no tenía ni roperos ni alacenas ni fregadero.

Tenía un grifo en la calle, y el cuartito en el patio, una casita donde no la veía nadie.

Dos años vivimos allí, muy contentos y muy feliz.

De allí nos fuimos a Montenvío [Mountain View], un pueblecito muy tranquilo y muchos ranchos que tenía.

Que era lo que a mi Andrés le convenía para trabajar como él quería.

Cuando nos fuimos a Montenvío, no llevábamos más que dos niños, mi Andrés y mi María. Y mi Mateo nació a los quince días de llegar.

Tendría mi Mateo ocho meses cuando vino la influenza, ese ciclón que tanta criatura se llevó.

Andrés y yo andábamos cogiendo tomates y una mañana amaneció mi Andrés con una calentura que ardía.

Y tanta gente que se moría.

Yo no quise llamar al doctor, me estuve calla' porque yo sabía que lo iban a llevar al hospital y yo no quería que lo llevaran allí.

En mi casa lo oculté y se curó.

Mas Dios nos dio a entender.

Qué malo estuvo. No parecía ni a él, y yo como sufría por él.

Pensaba que la muerte me andaba rodeando otra vez.

Pero quiso Dios que no me lo quitara.

¿Qué podía yo hacer si me falta mi Andrés?

Cuando se puso bien, seguimos con la lucha otra vez.

Ibamos a coger ciruelas, la uva, los tomates y los épricos [apricots].

Siempre andábamos de acá para allá. Y yo tan contenta iba donde quería, porque me sentía muy feliz a su vera.

Porque no iba a las barras ni se emborrachaba.

Ninguna idea, nada más se ocupaba de su familia.

En el invierno, como llovía tanto no se podía hacer nada en el campo.

Así que no hacíamos más que comer y dormir.

Así que cuando llegaba el verano y calentaba el sol, todos sacábamos los cuernos como el caracol.

Luego en el invierno nos íbamos a Monterey a la pesca de las sardinas, y se ganaba según estaba la temporada.

Tres o cuatro meses nos tirábamos allí. Siempre se ganaba para comer. Y cuando todo se acababa, nos íbamos a nuestra casa de Montenvío otra vez.

Y así pasábamos el tiempo bien contentos.

En Montenvío [nació Matt en 1918, y] tuve a mi Frances [1919], mi Elena [1923] y mi Isabel [1924], el mismo nombre de mis hermanas les puse.

En las primaveras nos íbamos a coger chícharos a Hegüe. Y un año de esos teníamos un niño que se llamaba Pedro [1930].

Pero la muerte otra vez de mí se acordó, y cuando tenía ocho meses, vino la muerte y me lo quitó de las manos.

Qué pena, tanto como todos lo queríamos a mi Pedrito, otro dolor que sufrió mi corazón.

Y a los ocho meses tuve a mi Ana [1932].

Ay Dios Mio, qué contenta estoy de haberla tenido.